Vórtice

DANIEL SE ESTÁ VOLVIENDO LOCO.
Su cuerpo actúa por su cuenta y en tres días será responsable de la mayor matanza de la historia.
¿Logrará recuperar el control?
¿Podrá detenerse a tiempo?
El reloj está corriendo.

Portada de "Vórtice", edición de RESET Ediciones

Sobre el libro

“Vórtice” es un proyecto largamente soñado. Es el viaje de Daniel, un oficinista que no destaca en nada, pero que tiene una fuerza interior que todos subestiman. Así, se convertirá en la víctima de un juego macabro, pero con el potencial de patear el tablero.

La primera edición fue publicada en Amazon, a través de Createspace. Hoy presentamos una segunda edición con “RESET Ediciones”. Para ella realicé una revisión completa, corregí algunos problemas, y mejoramos los títulos de los capítulos para ayudar a los lectores a una mejor ubicación temporal.

Si ya conoces “Vórtice”, en este espacio podrás aprender cosas nuevas de su mundo, personajes, proceso e historia. Si eres nuevo, te invito a leer esta aventura. No te decepcionará.

La ciudad se movía a su alrededor, inconsciente del peligro. Y él tenía sólo dos días para luchar contra sí mismo y evitar la matanza.

Qué contiene

1

1 de Marzo

— ¡Auch!

La gota de estaño quemó su muslo derecho. Daniel saltó de la silla maldiciendo en voz alta, y el soldador y los cables volaron por los aires.

Luchó por sacarse los restos de soldadura de la pierna. Tiró con fuerza y el dolor amainó un poco. Buscó a su alrededor algo de agua, y fue consciente de que estaba en medio de una habitación que no conocía.

Y que no sabía soldar.

Extrañado, examinó el lugar. Era un departamento pequeño iluminado por una ampolleta desnuda, con sólo una mesa y una silla sin respaldo como mobiliario. Papel de envolver cubría las ventanas, bloqueando la luz exterior. Las paredes descascaradas se encontraban empapeladas con mapas, planos y fotos.

—Ahora sí que perdí la cabeza —dijo, para sí.

Un par de meses atrás habría gritado, llorado y maldecido. Hoy sólo experimentaba desazón. Las cosas iban de mal en peor. Estaba en un punto en que ya había dejado de luchar. Las ausencias se habían apoderado de su vida y casi no valía la pena seguir sufriendo por ello. Aun así, esto era lo más raro que le había sucedido hasta ahora.

— ¿Qué diablos estoy haciendo? —murmuró.

Sobre la mesa había un aparato desarmado, abierto en canal con sus tubos y cables al aire. Las herramientas se entremezclaban con cables, colillas de cigarrillos, interruptores y resistencias. En medio de aquel caos, un patito amarillo de hule, de aquellos que utilizan los niños en las bañeras, le miraba fijamente.

Desvió su atención a las paredes.

En una, estaba colgado un mapa de la ciudad. El plano estaba rayado con distintos colores, pero tres marcas circulares hechas con plumón rojo destacaban entre las demás. El primer círculo estaba en la zona poniente, en la estación central de autobuses.

El segundo punto estaba a su derecha, en el centro de la ciudad. No entendió qué señalaba, pues era una intersección.

El tercer círculo colgaba al margen del mapa, a las afueras, donde se difuminaban los límites de la ciudad y de la zona rural: el aeropuerto. Pegados alrededor de estos puntos, había fotos de diferentes puertas y de personas entrando y saliendo.

En el segundo muro colgaban los planos de una estación de metro. Y no eran los de una estación cualquiera, sino que del nodo principal de la red de subterráneo, donde todas las líneas convergían. Sobre él se sobreponían papeles transparentes con líneas que atravesaban la estación en formas enrevesadas. Daniel los hojeó, mirando los títulos de cada uno. Cada vez que daba vuelta una, su inquietud aumentaba. “Sistema eléctrico” decía el primero. “Sistema de alcantarillado”, el segundo. El tercero, “Sistema de aire acondicionado y ventilación”.

—Esto no está bien —jadeó. El aparato que estaba sobre la mesa era pequeño, de forma cilíndrica. Tenía un mecanismo electrónico y lo coronaba un reloj digital. Al parecer los sistemas de control se encontraban en la base y en la parte superior, dejando un gran espacio vacío en el medio, como si aún faltara algo más que instalar. En conjunto, podía pasar por un termo de café.

Daniel sabía lo que significaba, pero se negaba a creerlo. No podía haber llegado tan lejos sin siquiera saberlo.

— ¿Me he vuelto loco y ahora soy terrorista? —murmuró, con los dientes apretados.

Su pie derecho chocó con una superficie dura bajo la mesa. Era una caja de madera cerrada con candado. La sacó e intentó abrirla, pero fue inútil. No tenía la llave.

— ¡Ábrete, maldita!

Tomó un destornillador y trató de forzar la chapa.

La caja resistió.

Enfurecido, la tiró al suelo, atravesó el destornillador entre los goznes de la chapa y mientras que con un pie la sujetaba, dejó caer el otro sobre el destornillador con todas sus fuerzas. La palanca reventó la bisagra y la caja se abrió. Daniel arrojó la tapa a un rincón y metió las manos para sacar el contenido.

Eran dos aparatos más, pero terminados.

Estaban vacíos.

Aliviado, comenzó a sollozar. Las cosas habían terminado de irse al diablo. Finalmente ocurrió lo que temía: perdió el control. Pero al menos, por un instante, recuperó la lucidez. Y sabía lo que debía hacer: destruir todo, borrar sus huellas y pretender que esto nunca ocurrió. Actuar en esta preciosa ventana de conciencia y deshacerse de los aparatos, de los mapas, de la habitación, antes que sobreviniera otro episodio y no pudiera volver a tomar las riendas. Y luego, alejarse. Huir, tratar de olvidar y llevar una vida normal… o lo que le quedaba de normalidad.

—Fuego. Necesito fuego —dijo en voz alta.

Entró en la cocina. El lugar era tan pequeño que sólo cabía una persona… y casi de costado. Pero el espacio era aún menor porque la puerta del refrigerador estaba semi abierta. Daniel intentó cerrarla a la fuerza, para poder agacharse y revisar los anaqueles que estaban bajo el grifo, pero era imposible. Dentro había una cosa muy grande y la bloqueaba.

Impaciente, pateó la puerta para sacar el molesto bulto.

Cuando vio la caja blanca, ahogó un grito y retrocedió, espantado. Tenía pintada una araña de patas redondeadas y afiladas que simbolizaba la muerte. Abajo, con letras rojas, se leía “Peligro Biológico”.

El cuarto comenzó a girar y el amargo sabor de la bilis subió por su garganta. El vómito salió a presión por la boca y la nariz, ahogándole por un instante. La tos se mezcló con las arcadas y las lágrimas, y sintió que el líquido le quemaba la cara. Continuó con los espasmos hasta que ya no quedó nada por expulsar.

Agotado y vacilante, se puso de pie. Asqueado, fue al baño a limpiarse. Abrió la llave del lavabo, se mojó la cara y el pelo, limpiando los restos que colgaban de sus mejillas y nariz. Se miró al espejo y un espectro demacrado y de ojos rojos le devolvió la mirada.

—Hola, desconocido —dijo, con amargura, a la imagen—. ¿Qué me estás obligando a hacer ahora?

El reflejo no respondió.

— ¡Responde, mierda! —gritó. Y lanzó un puñetazo que hizo añicos al espejo. El dolor fue como un balde de agua fría y le hizo recuperar algo del dominio sobre sí mismo.

— ¡Mierda! —chilló mientras sentía que la sangre corría entre sus nudillos — ¡Mierda!

Rebuscó entre las cajas del baño, pero no había nada que le sirviera para curar la herida. No tuvo más remedio que meter la mano bajo el chorro de agua fría, sacarse con cuidado las astillas de vidrio, y luego envolverse la mano con un trapo sucio que encontró en la cocina.

Volvió a la sala y se sentó. Necesitaba pensar. Clavó la vista en el pato de hule.

— ¿Tú entiendes qué diablos está pasando aquí? —le preguntó—. ¿No? Yo tampoco.

La mano comenzó a entumecerse. El paño había tomado un color escarlata oscuro y sentía un calor pegajoso y palpitante en los nudillos. Tendría que hacer algo con eso.

—Creo que ahora sí que estoy jodido ¿eh, Donald?

El pato le miraba sin decir nada.

—Tengo tres bombas y una caja con un veneno. No sé cómo las armé, no sé cómo lo conseguí. ¿Sabes algo al respecto?

Tomó al pato y lo apretó. El juguete chilló con un cuac desinflado.

—Mmmh… no es de mucha ayuda. ¿Para qué crees que es todo esto?

Volvió a apretar el pato y esta vez el chillido fue más vivo y fuerte.

—Sí, tienes razón. En los tres puntos del mapa circula mucha gente. ¿Y qué con eso?

Estrujó al juguete con furia y los cuac salieron en rápida sucesión.

— ¿Estás sugiriendo que voy a envenenar a toda esa gente y que quizás voy a hacer que transmitan alguna especie de enfermedad más allá de donde detone las bombas? ¿Pero estás loco? —bramó fuera de sí—. ¡No voy a ser responsable de eso! ¡No lo haré! ¡NO LO HARÉ!

Estrangulaba al pato de hule cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Desanimado, dejó caer el juguete al suelo.

Volvió a mirar a su alrededor. ¿Había pasado algo por alto? La mano le palpitaba y el paño estaba empapado en sangre. Volvió a la cocina, a revisar si había alguna otra cosa que pudiera utilizar para detener la hemorragia.

Tuvo suerte. En uno de los cajones encontró un botiquín. Se aplicó antiséptico en la herida y la cubrió con algodón y sobre él una gasa deshilachada. Envolvió todo con cinta adhesiva y se dio por satisfecho. Al salir, vio el calendario pegado tras la puerta de la cocina. Destacado con plumón rojo, había una fecha: el tres de marzo.

El ansia le golpeó de nuevo el estómago, pero resistió sólo porque ya no tenía nada adentro.

— ¿Qué fecha es hoy?

Recordó que, en un rincón, había visto un montón de ropa tirada. Corrió hacia él y rebuscó en los bolsillos de su chaqueta y encontró el teléfono. Giró el pequeño aparato buscando el condenado botón de encendido y al tercer intento dio con él.

Casi sin respirar, lo activó y leyó la fecha: primero de marzo.

—Dos días. Tengo dos días para evitarlo —murmuró.

En teoría sería fácil. Bastaba con que decidiera no hacerlo. Pero Daniel no era dueño de sus actos. Las ausencias llegaban en cualquier momento y, para él, era como si pestañeara: en un instante estaba paseando y, al siguiente, estaba armando una bomba en un departamento desconocido.

Deseaba volver a tener esos horribles dolores de cabeza. Por lo menos, en esa época era consciente de lo que hacía, y sus decisiones y acciones eran completamente suyas. Dormía mal y poco, siempre estaba malhumorado y vivía en un constante dolor… pero parecía una época dorada. Las cosas eran sencillas. Sencillas y aburridas.

No.

Eran previsibles.

Y previsible era bueno.

Previsible significaba que podía contar con que siempre sería el mismo y tomaría decisiones consistentes. Que era fiable y la gente le valoraba. Previsible era saber que tenía un sueldo y que todos los meses estaría allí la misma cantidad. Previsible era tener a su novia contenta y en casa. Previsible era la vida que tuvo y que ahora, había desaparecido.

Y se iba a convertir en un asesino de masas.

Tomó una decisión.

—Donald, fue un placer conocerte —dijo mirando al pato tirado a un costado de la mesa.

Fue a la cocina y giró las perillas del horno. Un suave silbido acompañó al nauseabundo olor del gas que comenzó a inundar el pequeño departamento. Arrancó el cable del soldador. Separó los alambres, peló los cables y dejó el cobre al descubierto. Sujetó ambos extremos separados y lo enchufó. Entonces, esperó a que el gas llenara la habitación.

El sonido de las cañerías era una melodía que le incitaba a dormir. En el momento adecuado, juntaría los cables, crearía un cortocircuito y saltaría una chispa. Y con esa pequeña energía liberada, sus problemas se acabarían. Adiós, vida miserable. Adiós, amenaza. El fuego lo purificaría y acabaría con todo. Era lo mejor.

La modorra le hizo más lento. Estaba a punto de perder la conciencia cuando recordó su misión.

—Adiós, Donald —se despidió por última vez, y juntó los cables.

Solo que, entre el momento de enviar la orden a los músculos para que hicieran el contacto y que éstos obedecieran, Daniel ya no estaba en el departamento. De alguna forma, se había trasladado al centro de la ciudad, a la plaza de Armas.

Pestañeó un par de veces, medio cegado por el sol. Se encontraba sentado en una banca bajo la mezquina sombra de una palmera. No supo si tenía la boca seca por el inclemente sol del mediodía, por la náusea que le provocaba la situación, o porque casi se había envenenado con gas.

La ciudad se movía a su alrededor, inconsciente del peligro. Y él tenía sólo dos días para luchar contra sí mismo y evitar la matanza.

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Título muy bien puesto

El título está muy bien puesto, porque (…) logra dar la misma sensación de lo que le sucede al protagonista: como un vórtice que te atrapa en su lectura y después no te deja salir.
La historia te atrapa, no te suelta, tiene unos giros que no te esperas. Es muy recomendable y no les voy a dar ningún spoiler, porque efectivamente las vueltas que da son increibles.

Ingrid Guzman

Rápida, nerviosa, epiléptica, dialogante, juguetona y perversilla

Rescato un par de imágenes de recuerdo de Claudio Navarro de nuestros noventeros años de universidad. Con audífonos gigantes oyendo la banda sonora de una de las tantas secuelas de Star Wars. Con la cabeza sumergida dentro de un ejemplar del Libro de Urantia (que años más tarde calificaría de soberana estafa). También como responsable de haber adquirido, con sólo días de diferencia, un libro que yo no pude comprar por razones monetarias en una librería de Talca (si mal no recuerdo, versaba sobre un ex sacerdote expulsado de la orden por elaborar una teoría sobre la creación del universo atribuida a dioses que odian a la humanidad). Por eso no me resulta extraño que, pasados los años, Claudio aparezca como autor de una singular novela titulada “Vórtice”, lanzada en 2017 y que se apronta a una segunda edición. De la coctelera cerebral del Claudio de esos días tarde o temprano iba a emanar una obra narrativa rápida, nerviosa, epiléptica, dialogante, juguetona y perversilla. Esto último, en especial, se ve reflejado en las descripciones del padecimiento a que es sometido el protagonista por fuerzas desconocidas.

Con una prosa ágil y funcional a lo que cuenta, Claudio crea una historia donde se mezcla la ciencia ficción (la de carácter más terrorífico), el folletín de aventuras (al más puro estilo de la novela bizantina, donde un suceso desencadena otro y otro y otro…) y con algunas pincelas de cuadro social y de costumbres (las necesarias para ubicarnos en la trama: locales de comida rápida, parejas sin hijos, rebosantes salidas del Metro, potes de helado frente a la TV, lagunas artificiales, trabajos mal remunerados con jefes invasivos, etcétera). Sí, porque Claudio se adscribe a los autores cuyo principal compromiso está con la historia. No importa qué clase de historia -amorosa, policial, futurista o pornográfica-, pues pertenecen a creadores que nunca olvidan que su misión es contar algo y para ello recurren a todos los materiales de que disponen. Y por supuesto, Claudio los tiene y de sobra. De hecho, como se trata de una novela donde la ciencia y la tecnología son fundamentales, el autor se las arregla para deslizar explicaciones de estos fenómenos de manera fluida, sin que interrumpan el curso de los acontecimientos (algo así como los chistes eruditos de Big Bang Theory o los argumentos de química pura de Breaking Bad). Por el contrario, con estos alcances la novela se enriquece e invita a pasar a la siguiente hoja en forma casi automática.

Por si fuera poco, “Vórtice” tiene la particularidad que no se agota en una pura lectura. Junto a la recomendable (hasta más placentera) relectura, está también la serie de ventanas que deja abiertas. Tramas paralelas, precuelas, secuelas y todo tipo de otras “cuelas”. Adaptaciones el cine, la televisión y el comics. Mercadotecnia en todas sus variantes. Puras ideas que, por lo demás, no son nuevas y que de seguro Claudio tiene ya rondando en su mente.
Por pura manía, me gusta buscar referentes locales en cualquier obra chilena que tenga la oportunidad de leer. “Vórtice” me recordó los relatos de un autor nacional de calidad no tan prolífico como Claudio Jaque y aquellos de los pioneros de la ciencia ficción nacional, Hugo Correa y Antoine Montagne.

Claudio Rodríguez Morales

Despampanante creatividad

Con gran habilidad literaria y despampanante creatividad el escritor chileno Claudio Navarro nos jala y sumerge con fuerza al interior de este tecno thriller, un mundo donde la virtualidad se inmiscuye y confunde con la realidad hasta diluir por completo la delgada línea que divide la búsqueda de la felicidad personal y la ética.

Navarro nos presenta este nuevo mundo salvaje a través de los ojos de sus protagonistas, individuos que podrían no ser muy distintos de nosotros mismos. La tecnología por encima del interés común, la explotación de los más débiles es una idea que subyace con habilidad en medio de una trama que mezcla elementos clásicos como el terror y la compasión, con otros más modernos como la realidad virtual y el avatar.

En mi opinión, a nivel latinoamericano, se trata de la mejor y más entretenida novela del género.

Dennis Andrés Quezada
Chile

Me encantó, es muy entretenido

“Hay una frase precisa en el libro que, está a mitad del libro, que anoté para podérselas leer:

‘¿Quién tiene la voluntad mas poderosa?’

Esta frase encierra todo lo que trata de representar el libro, según mi opinión”.

Video reseña en https://www.instagram.com/p/BnQ-9CSgrTu/

Lorena Echeverría

QUERRÁS VERLA COMO PELÍCULA

Al principio parece que estás dentro de una novela de crimen y misterio, pero después te vas sumergiendo de a poco en un entramado mundo de aventuras y ciencia ficción que se vuelve casi tangible a cada paso, sorprendiéndote tanto con sus detalles y vueltas de tuerca, ¡que vas a querer ver alguna vez a toda esta historia transformada en una película!

Los personajes tienen un atractivo tan particular como sus diversas personalidades, en especial tomando en cuenta el hecho de que la dualidad de sus caracteres se manifiesta prácticamente en dos mundos diferentes en donde las reglas suelen ser completamente opuestas.

Dassna

NO LOS DEFRAUDARÁ

Vórtice me pareció una novela rarísima, pero que, a medida que la historia se iba desarrollando todo comenzaba a tener sentido, como las piezas de un enorme rompecabezas.

La historia se centra en un oficinista común y corriente, Daniel, quien de pronto comienza a sufrir “ausencias”, momentos en los que no sabe qué es lo que pasa, y que le están llevando a perder a su pareja y su trabajo. Entonces descubre que “él” mismo está poniendo bombas biológicas en los puntos más concurridos de su ciudad (la cual nunca se especifica cuál es), así que tiene sólo tres días para descubrir qué es lo que le sucede y poder salvar al mundo. Me gustaría contar más de la historia, sin dudas, pero eso ya consistiría en spoilear. (…)

La narración es lo suficientemente ágil como para mantenerte enganchado a lo largo de las poco más de doscientas páginas con las que cuenta el libro, a través de saltos temporales para explicar el pasado y de historias secundarias paralelas a la principal, y que se van uniendo poco a poco.

Para finalizar esta reseña, recomiendo Vórtice a todos los amantes de la ciencia ficción y de los thrillers, no los defraudará.

Matías Millan

MUY BUEN LIBRO!!!

Excelente primera obra de Claudio Navarro, una trama entretenida y creativa, donde la realidad chata del protagonista se transforma en una aventura-pesadilla delirante y vertiginosa que te mantiene atrapado con un excelente manejo de los tiempos y una narración ágil que te hace devorar las páginas.

Solo queda al debe en el manejo de algunos personajes secundarios, a algunos menos importantes los describe con mayor detalle que otros que a mi gusto eran más relevantes en la trama, sin embargo este detalle no me hace calificar la obra con un cuatro, ya que considerando que es el inicio de su carrera literaria es algo menor dentro de un libro redondo que se hacer a más al 5 que al 4(…)

Alejandra Zarzar

VÓRTICE ES UNA LECTURA ATRACTIVA Y FLUIDA.

Vórtice es una novela que me resulta difícil de clasificar. Techno-thriller sería la denominación más aproximada para lo que es una novela de aventuras en la que se mezcla la tecnología. Sin embargo, las iniciales reflexiones acerca de la existencia y los límites del “yo”, así como la presencia de un protagonista nada llamativo (un pobre y simple oficinista estándar) le conceden un aire curioso que aproxima la novela a una escala de la reflexión de lo que somos y lo que otros nos consideran. Una lectura amena y ligera

Ojo, no es una novela complicada, el autor se ha asegurado bien de que la lectura sea ágil y perfectamente clara; pero los variados giros argumentales te harán preguntarte cómo la historia ha empezado de una forma para terminar de otra distinta. Y ahí la esencia de esta novela: te fuerza a seguir leyendo para comprender de qué va esta novela.

Esta novela requiere de una prosa sencilla, directa, ausente de complejidades lingüísticas y diseñada para resultar entretenida. Es una historia en las escenas se suceden con rapidez, y sería una incoherencia que su escritura no cumpliera esos requisitos. Cumple. Vórtice es una lectura atractiva y fluida. (…)

Carlos Pérez Casas

UN FINAL ESCALOFRIANTE QUE TE DEJARÁ PENSANDO

Sin hacer spoilers, el autor diseña un submundo increíblemente detallado, bien pensado, y a conciencia en la mente del protagonista que experimenta las ausencias mencionadas en la sinopsis. Es tan descabellado, que es imposible imaginarse por donde va a salir la trama y cómo terminará.

Los capítulos comienzan con un suspenso e intriga, que a medida que va avanzando, te hacen recorrer de a poco unos meses en el pasado y el presente, lo que va explicando poco a poco las vivencias que llevan al protagonista al estado en que se encuentra.

Para quienes quieren saber un poco más, no se los recomiendo, preferirán leerlo y que los sorprenda como a mí. Pero si insisten, la idea me recuerda a Omnipresenz. Se asesoró en medicina y con excelentes conocimientos de juegos en red lo que colabora extraordinariamente con la trama. Solo debes dejarte llevar por ella. No pude poner ninguna objeción para bajar ni media estrella. Excelentemente narrado. Un final escalofriante que te dejará pensando.

D.C.A. Savia

La novela es FANTÁSTICA

La novela es FANTÁSTICA. De principio a fin, el lector queda atrapado en un mundo incompleto, en un rompecabezas de esos que tienen miles de piezas y siempre se pierde alguna. La información se nos entrega a cuentagotas cuando el desconocimiento se vuelve insoportable. Muy bien logrado.

Quiero destacar que es una novela MUY BIEN PLANEADA en todos sus detalles. El autor ha sabido entrelazar historias, escenas, fechas y sucesos que a simple vista no tienen relación. Se nota un exhaustivo planeamiento para que no queden cabos sueltos dentro de la espina dorsal de la trama (de todas formas quedan asuntos sin explicar en un asombroso final semi-abierto). Esto es algo que no vemos con frecuencia en las novelas contemporáneas que parece que se esfuerzan por ser lo más simples y lineares posibles, como si los lectores fuesen todos estúpidos. Aplaudo al escritor por el resultado obtenido en Vórtice. (…)

Esta ha sido una de esas pocas novelas que lograron atraparme ya desde la primera página y mantenerme enganchada hasta el final. No la podía soltar. Y justo cuando me quedaban unas páginas para terminar, me quedé sin batería en el Kindle y no encontraba el cargador. Me desesperé jaja.

Nathalia Tórtora

VÓRTICE: UNA NOVELA ALUCINANTE

“(…) puedo decir que el libro es muy entretenido, con elementos de intriga, ciencia ficción y aventuras. Vale la pena leerlo, y más si pensamos en que es chileno y no es caro.(…)

Claudio es muy visual y eso se nota en su narración. Todo lo que nombra y describe, ya sean personajes, acciones o situaciones, es muy visual, y eso es fundamental. No sólo porque aclara la narración y ayuda a imaginar mejor el cuadro, sino porque hace que todo sea memorable y quede en la retina. Días luego de haberme terminado el libro, aún tengo grabado en mi cabeza imágenes muy claras de escenas específicas del libro, y eso es algo que no sucede muy a menudo.

Por lo mismo, personalmente me encantaría ver Vórtice convertido en otro formato visual, como un cómic. Incluso, al agregarle algunas subtramas y desarrollo de personajes secundarios, podría quedar como un excelente animé de 44 capítulos. Por ahora, me quedo esperando a que saque su próxima novela.”

Juan Eduardo Castellón

“VÓRTICE”: PRECURSORA DEL LLAMADO TECNO-THRILLER NACIONAL

“(…) la primera novela del periodista Claudio Navarro (Molina, 1974), un Thriller con elementos de la ciencia ficción en el que la biotecnología se entrelaza con la física cuántica para configurar una historia escalofriante. Una historia de aventuras en la que se reflexiona acerca de la existencia y los límites del “yo”. Navarro elabora una prosa ágil, de inesperados giros argumentales, bien estructurados que logran atrapar al lector hasta la última página.

De esta forma, Vórtice de Claudio Navarro, se aventura como una novela precursora en nuestro país en el llamado Tecno-thriller, un género híbrido que mezcla los sucesos de los protagonistas con explicaciones científicas, lo que sirve a la trama para desarrollar la acción, en muchos casos con historias de espionaje, de guerra o elementos de la ciencia ficción.”

Felipe Reyes