Claudio Navarro Escritor y editor
Thriller PolíticoAsimov

El
Candidato

Sonríe hasta que se te caiga la cara.

En política, el mejor candidato es aquel que no sabe que lo es.

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Portada de El Candidato
La historia detrás

La Génesis: Entre Heinlein y la Teleserie

Esta historia comenzó a dar vueltas en mi cabeza en 2003. En ese entonces, tenía formato de teleserie.

Mi intención era mostrar el 'detrás de cámara' de la creación de un candidato: destripar el ensayo, la impostura, el limado de las asperezas y fabricar un producto poco peligroso, blando y querible por la mayoría. Me obsesionaba la despersonalización: el acto de dejar de lado las convicciones con tal de conseguir votos.

Sin embargo, por diversas razones, ese guion quedó en el tintero.

Todo cambió con las elecciones de Chile de 2025. Durante esa campaña vi materializarse todo lo que había imaginado dos décadas atrás, pero potenciado por la influencia de las redes sociales. Vi cómo la mentira se elevaba a método principal de campaña, instalando medias verdades y eslóganes vacíos ante la complicidad de los medios masivos.

Fue ese choque de realidad lo que rescató la idea original y la transformó en mi novela más visceral: una historia que salió absolutamente desde las tripas.

Aunque, para ser honesto, durante todo este proceso hubo un ruidito de fondo. Una presencia constante de la que solo fui plenamente consciente al principio y al final del camino: Robert A. Heinlein y su Estrella Doble.

Esa historia sobre un actor obligado a suplantar a un político siempre estuvo ahí, orbitando mi subconsciente. No sé cómo quedará mi novela en comparación con la suya; me gusta pensar que a Heinlein, de leerla, o le encantaría o le causaría un infarto fulminante. No habría término medio.

Worldbuilding

Santiago contemporáneo, pero visto a través de la lente de la campaña política. Cada calle es un escenario, cada ciudadano es un votante potencial. La ciudad es un tablero de ajedrez donde los candidatos son piezas.

Personajes

Arturo Benítez: Un profesor de historia convertido en lienzo político. Sometido a cirugías extremas y condicionamiento pavloviano, desaparece el hombre y nace 'El Candidato'.

El Directorio: La maquinaria política que lo crea y controla.

Inspiraciones

Robert A. Heinlein y su Estrella Doble. Thrillers políticos de Robin Cook. La sátira política de Christopher Buckley. La precisión narrativa de James Scott Bell.

Notas del autor

El Candidato es una advertencia. En un mundo donde todo es marketing, ¿cómo distinguimos la verdad de la ilusión?

Soundtrack

Lista de reproducción de la obra

El Candidato

Primeras páginas

817 palabras · 4 min de lectura · 7 notas mías

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CAPÍTULO 1. EL CASTING (LA CAZA)

La sala de crisis olía a desodorante barato vencido. El equipo llevaba doce horas filtrando la basura demográfica del país, buscando una aguja en un pajar de mediocres.

Sofía observaba desde la cabecera. No buscaban al mejor. Buscaban al más moldeable.

en la pantalla holística. Se rascó la cabeza, dejando caer una nevada gris sobre su teclado retroiluminado.

Sofía lo ignoró. La segunda vez que el casposo dejó caer su cascada, desvió la mirada hacia el reloj. A la tercera, sintió el impulso físico de despedirlo solo por higiene.

—Candidato 402 —dijo el analista, sin dejar de rascarse—. Abogado de derechos humanos. Salvó a tres orfanatos de la quiebra. Impecable.

Sofía suspiró. El sonido fue un silbido agudo que cortó el aire viciado de la sala.

—Rechazado —dictaminó.

—¿Por qué? —preguntó La de las Uñas, arrancándose un padrastro del dedo índice con los dientes. Llevaba todo el día haciéndolo sangrar—. Es un santo, jefa. Los focus group lo amarían.

Sofía se frotó las sienes. Le dolía la cabeza detrás de los ojos, ese dolor punzante de tener que explicar la mecánica del poder a gente que solo entendía de algoritmos.

—No necesito un santo —dijo, girando su silla hacia ellos—. Un santo tiene principios. Si le pido que firme una ley para privatizar el oxígeno, me va a decir que no por "ética".

Señaló la pantalla con un gesto desganado.

—Siguiente.

El de la Caspa tecleó. Apareció un tipo con cara de haber pateado a alguien recientemente. La mandíbula tensa, la mirada de tiburón.

—Candidato 403. General retirado. Mano dura. Tiene antecedentes por corrupción, pero fueron archivados bajo secreto de estado. La gente quiere seguridad.

—Rechazado.

—¿Muy violento?

—Muy sucio —respondió Sofía, poniéndose de pie—. Si ya robó, tiene sus propios vicios. Un hombre que ya se vendió es un problema, Yo no quiero comprar un producto usado.

Caminó por la sala. El zumbido de los servidores era el único sonido de fondo.

—Escúchenme bien, par de inútiles —dijo, apoyando las palmas en la mesa de vidrio sintético. Dejó sus huellas marcadas en la superficie—. No estamos buscando un líder. No estamos buscando un héroe. Ni siquiera estamos buscando un villano.

Miró a El de la Caspa. Luego a La de las Uñas.

Tenían miedo. Bien. El miedo enfoca la mente mejor que la cafeína.

— —sentenció—. Un cascarón vacío. Alguien tan desesperado, tan roto y tan insignificante que nos agradezca cuando le metamos la mano por el culo para moverle la boca.

—Un nadie —susurró La de las Uñas, escupiendo un trozo de piel muerta.

—Exacto. Un cero a la izquierda que podamos convertir en un uno. Quiero deudas. Quiero tragedias familiares. Quiero a alguien que se esté ahogando y que vea nuestra mano como la única maldita tabla de salvación en el océano.

El silencio volvió. Solo se escuchaba el tic-tic-tic de La de las Uñas atacando su cutícula ensangrentada.

Pasaron diez minutos. Pasaron veinte. A los treinta, El de la Caspa detuvo su mano a medio camino de su cuero cabelludo.

—Creo que tengo algo —murmuró.

En la pantalla apareció un rostro común. Pómulos blandos. Ojos cansados. El tipo de cara que uno olvida tres segundos después de verla en el metro.

—Arturo Benítez —leyó—. Profesor de Historia en un liceo subvencionado. Sueldo mínimo.

—¿Cuál es el gancho? —preguntó Sofía, acercándose.

—. Nivel catastrófico.

El de la Caspa amplió la información médica con un gesto rápido.

—Su esposa, Clara Ramírez. Accidente vascular hace seis meses. Está en coma inducido. El seguro se lavó las manos porque encontraron una preexistencia en la letra chica del contrato. Él debe... —silbó— ochenta millones y subiendo.

Sofía se inclinó sobre la mesa. Estudió los ojos de Arturo Benítez en la fotografía.

No había ambición. No había maldad. Solo había pánico.

—¿Familia? —preguntó.

—Nadie. Solo ella.

—¿Afiliación política?

—Votó nulo en las últimas tres elecciones. Escribió "Váyanse a la mierda" en la última papeleta.

Sofía sonrió. Fue una sonrisa fría, mecánica. Sintió cómo sus músculos faciales crujían por la falta de uso genuino.

—Es perfecto.

La de las Uñas dejó de morderse el dedo. Miró a su jefa con una mezcla de admiración y repulsión.

—¿Lo traemos?

Sofía negó con la cabeza lentamente.

—No. Nosotros no lo traemos. Hacemos que él venga.

Se giró hacia la ventana. La ciudad brillaba abajo, una metrópolis enferma ajena a que acababan de elegir a su nuevo rey.

— —ordenó, sin mirar atrás—. Y luego, manden a Valdés a esperarlo en la cafetería del hospital.

¡CLACK!

Sofía cerró la carpeta física que llevaba en la mano. El juego había comenzado. Y Arturo Benítez ya había perdido.

Fin del capítulo de muestra

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