Relato corto: El día que los extraterestres invadieron la tierra

Relato corto: El día que los extraterestres invadieron la tierra

I
El día que los extraterrestres invadieron la tierra, nadie lo notó. No hubo platillos voladores, rayos de la muerte, histeria colectiva ni alarma mundial. Sólo algunos ociosos con demasiado tiempo libre que se encontraban mirando al cielo pudieron ver un destello en el cielo, demasiado corto para quedara en el recuerdo. Y eso fue todo.

La gran flota marciana se había reunido en la cara oculta de la luna. Cientos de naves se preparaban para el asalto y toma del planeta azul. La tierra había cometido crímenes contra el universo y ahora pagaría por ello. Cuando el comandante de la expedición dio el vamos, las naves tomaron sus posiciones de batalla y comenzaron a avanzar. La idea era capturar las grandes capitales, apoderarse del espectro radioeléctrico, destruir sus comunicaciones y barrer con todo. Después sería la hora de tomar el botín: purres y muuges.

Desafortunadamente todo iba bien. Demasiado bien. No habían sido detectados por las defensas terrestres, no habían naves con desperfectos, el mando era uno sin fisuras, un héroe terrestre no había descubierto los planes, no ocurrieron fallas en las comunicaciones, ningún virus había infectado a las fuerzas de asalto (ni a sus computadores), no se había subestimado la capacidad de reacción terrestre, los astros estaban bien alineados, habían llenado todos los formularios preinvasión y pagado los impuestos correspondiente.

El comandante se dio cuenta tarde de su error. Estaba gritando al comunicador que abortaran la misión, cuando ocurrió lo que el universo estimaba que sucediera para preservar el equilibrio. El espacio se plegó sobre si mismo, apareció un embudo gigante y en nanosegundos se tragó a la orgullosa flota, volviéndose a cerrar de inmediato. La velocidad pasmosa del acto causó una tremenda fricción en el espacio que rodeaba a la mal lograda expedición, provocando el destello visto por los ociosos que miraban hacia el cielo en ese momento.

Sólo una nave sobrevivió para volver a Marte y contar la historia. Pero antes debían conseguir repuestos.

– Señor, debemos volver a Marte e informar de esta tragedia –gorjeó el primer oficial. Era verde y bizco, y sus antenas temblaban tras presenciar el desastre.

– Aún no – respondió el comandante, con un suave zumbido. Parecía un erk, tan gallardo, decidido y verde–. debemos llevar suministros si queremos que la tierra pague. Busque un lugar donde aterrizar y prepare los trajes. Saldremos de caza.

 

 

II

 

– Permítame recordarle que mis congéneres son bastante asustadizos. No será fácil capturarlos –dijo Tynco por el comunicador.

– Lo sé, lo sé –respondió el explorador acostado en su monodesplazador. Había sido reacondicionado especialmente para la tierra y contaba con una capa de camuflaje que simulaba a la perfección a un animal terrestre. O eso decían en Investigación y Desarrollo. Por eso no se confiaba. Ya había usado sus cacharros antes, y nunca funcionaban como lo decía el manual. Visto desde afuera, el aparato parecía caballo con distemper arrastrando un carrito. Los cuartos traseros estaban considerablemente más abajo del nivel normal, lugar donde se escondían ingeniosamente unas orugas para dar tracción. En las pezuñas delanteras llevaba ruedas y no doblaba los codos. En la espalda llevaba una antena que giraba para recoger información del ambiente y enviarla al monitor de lectura interno y a la nave. El conjunto general era el de un juguete a cuerda de tamaño natural.

– Esperemos que esto funcione –se dijo encendiendo el radar. Aún tenía fresco el recuerdo de aquella vez que tuvo que probar un pack a propulsión. Sólo que nadie le dijo la potencia que tenía. Pasó 2 semanas inconsciente y 3 meses de reposo, además de una operación para reparar sus antenas quebradas en el techo del laboratorio.

– Detecto una concentración de purres a tu derecha. Están escondidos en aquella estructura metálica.

– Entendido. Activo el señalizador y enciendo el señuelo. Tápate las orejas Tynco.

– ¿Qué?

– Que te tapes las orejas

– ¿Qué?

– ¡Que te tapes las orejas!

– ¿Qué??

– Que.. nada..

– ¿Qué????

– Señalizador activado, señuelo encendido.

De la caja surgió un grito ronco, meloso, lleno de deseo. Variaba en tonos e intensidad, pero el mensaje era claro: “tómame”. Los purres salieron de inmediato de su escondite. Vieron al caballo y dudaron, pero los gritos sugerentes eran cada vez más intensos. Se acercaron a la caja cautelosamente, olisquearon el aire, dudaron, se lamieron, dieron media vuelta, simularon apatía y desinterés, hasta que al cabo de 5 minutos entraron a la caja. Los seguros saltaron y los purres fueron atrapados. El mecanismos los movió automáticamente a la caja de contención interna, dejando el señuelo listo para ser usado nuevamente.

– Buena caza, las lecturas indican 10 purres en la caja.

– Oh, es cosa de paciencia Tynco.

– ¿Qué?

– Nada.

El explorador continuó su caza durante toda la noche. En algunos momentos debió apagar el señuelo y escapar rápidamente, cuando algunos terrestres se asomaron por ventanas arrojándoles zapatos, maceteros o lo que tuvieran a mano. En un principio pensó que lo habían descubierto, pero luego se dio cuenta que el señuelo también funcionaba en ellos. Hizo una anotación mental. Quizás esa información podía servirle a los chicos de I&D.

Entrada la madrugada volvió a la nave. Había capturado 300 purres, más que suficiente para el laboratorio. Ahora sólo hacían falta los muuges.

Los muuges eran más fáciles. Siempre estaban confinados en grandes grupos. No tenían garras ni dientes filosos como los purres, y mientras no les pusieran los sombreros neurónicos eran bastante estúpidos. El único problema era su tamaño. El explorador debió realizar 10 viajes para capturar a 10 muuges. Pero finalmente estaban listos para volver. Mientras se elevaban en la noche, el comandante miró por última vez el planeta azul murmurando “Volveré”. La nave se convirtió en un punto luminoso y desapareció.

En Marte la cosa estaba color de hormiga. Habían perdido contacto con la flota libertadora, estaban casi sin recursos tras la construcción de las naves, el comandante en jefe estaba desaparecido y Miss Marte había perdido ante Miss Urano, una bolsa de plasma y gas flotante que se había acostado con el jurado de Saturno. Así que la bienvenida a los sobrevivientes de la gran tragada (como se conocería el evento en el futuro) fue una cruza entre fiesta nacional y funeral.

Con creciente horror escucharon el relato de los viajeros, pero el panorama pareció mejorar cuando mostraron el resultado de su excursión de caza. De inmediato se llevaron a los especimenes a los laboratorios y comenzaron la laboriosa cruza y clonación de purres, al tiempo que colocaban sombreros neurónicos a los Muuges. Sus consejos y habilidades serían necesarios para superar la crisis.

 

 

III

 

– El universo es cruel –dijo Tolón mientras golpeaba pensativamente su cencerro.

– Así es –respondió Netola. Ambos muuges se encontraban en la sala de reuniones. Los demás habían salido a tomar un kerwo y comer lorinas, aprovechando el breve receso. Los ánimos no eran de los mejores. En la conferencia se habían reunido las mejores mentes de Marte y los genios de los muuges buscando resolver la interrogante: ¿Cómo invadir a la tierra?

– Lo cierto es que estamos luchando contra algo más poderosos que los terrestres –volvió a reflexionar Tolón–. La invasión era perfecta, los planes al detalle, las fuerzas completamente entrenadas y el factor sorpresa aseguraba la victoria. ¿Quién iba a pensar que aparecería un hoyo de gusano en mitad del camino y se tragaría a la flota completa?

– Es un universo cruel –repitió Netola.

– Los experimentos han demostrado que los fallos ocurren en el momento en que se piensa que está todo controlado – continuó Tolón. – Es decir, que entre mayor sea la planificación y la atención a los detalles, mayores serán las probabilidades que ocurra una improbabilidad como la aparición de un hoyo de gusano
que sólo afectara a nuestra flota.

– Cruel, muy cruel –dijo Netola.

– Lo que nos pone en un predicamento. Entre más vueltas le demos a la invasión, es más posible que algo falle. Considerando los riesgos y el gasto, los marcianos ya están pensando en abandonar el tema.

– ¡Por nada del mundo! –grito Netola-. ¡Debemos recordarles el por qué de esta guerra santa! ¡Los humanos deben ser esclavizados o exterminados para que paguen sus crímenes contra el universo!

– Entonces hay que hacerlo ahora. Te sugiero que prepares algo antes que acaben sus kerwos.

Netola era una activista, así que siempre estaba preparada. Se ajustó su sombrero neurónico y mugió un par de instrucciones. De inmediato el cristal central se conectó al cristal personal de Netola, y descargó los datos necesarios. Con pericia resaltó algunos, pulió otros y les dio un orden. Antes que se acabara la última lorina, ya tenía todo listo. El receso había terminado y todos volvieron al salón.

– Como recordarán, hace cosa de dos siglos una sonda apareció en nuestro espacio. Tras muchos esfuerzo logramos bajarla, pero la sonda siempre flotaba. Al abrirla descubrimos una caja de purrees, cada uno atado a un ckrak untado en flirena. Los purres flotaba y no había forma de bajarlos. Luego que fueron llevado a un laboratorio se procedió a desatarlos del ckrak. Y en ese momento cayeron al suelo. No voy a contar la historia que todos conocen, de cuánto tiempo les tomó capturar a los purres de nuevo, las heridas que le causaron a los investigadores –miró risueña a la multitud, mientras los purres se revolvían avergonzados-, las dificultades para que volvieran a flotar, aún cuando estuvieran amarrados a los ckrak, de cómo el venerable Introhjo descubrió el secreto inspirado por un rintoma que le cayó en la cabeza mientras caminaba por las calles de Provennga, ni del análisis de la flirena y la dificultad para sintetizarla –Netola tomó aliento. Ya los tenía en su pezuña.

– Finalmente se establecieron las bases del vuelo. En una extraña aplicación de las leyes de la física, descubrimos que la gravedad podía anularse en un campo finito. Así, años de investigación posterior demostraron que los purres, caigan desde la altura que caigan, siempre lo hacen de pie. Y que los ckrak siempre caen con la cara untada en flirena hacia abajo. Uniéndolos obtenemos la flotación.

La audiencia sabía todo esto, pero seguían interesados la exposición.

– El problema del ascenso y descenso se solucionó con mecanismos que agregaban o quitaban flirena del ckrak. Pero el viaje interplanetario presentaba otros problemas. Por ejemplo ¿cómo podía funcionar el motor Purr si no había caída? Tuvimos que resolver la falta de gravedad alterando el diseño de nuestras naves a discos achatados que giran permanentemente, creando una gravedad artificial suficiente para permitir la caída de los purres y de los ckrak. Entre tanto nuestros científicos buscaron entender a estas criaturas, saber de dónde venían y tratarlas con más respeto que meros objetos experimentales. Así, adaptando la maquinaria usada para comunicarse con marcianos en coma, se crearon los sombreros neurónicos que nos permiten hablar y razonar. Y gracias a ustedes, queridos amigos, nos hemos convertido en miembros plenos y felices de su sociedad.

Aplausos de la galería.

– Una vez que los purres aprendieron a hablar, se dieron cuenta de la mejoría en su calidad de vida. Contaron historias de horror de su viejo mundo, y cómo los terrestres maltrataban a su especie. Como los purres nos habían regalado la flotación, y eran los principales responsables de la existencia del motor Purr, un grupo de valientes decidió emprender una operación de rescate. Viajaron a la tierra y trajeron una colonia de 400 purres con ellos. Fue cuando aparecimos nosotros, los muuges.

Silencio reverencial. Hablarían de Clarisa I, la muuge que cambió la historia.

– Debo reconocer que antes del sombrero, yo sólo comía hierba y no me importaba nada más que abanicarme con la cola –dijo Netola, con un calculado gesto de modestia. Un coro de marcianos y purres se elevó diciendo que no fuera tan dura consigo misma–. Es verdad, lo sé. Por ello valoro aún más el regalo que me han dado: ¡la mente!

Nuevamente, aplausos de la galería.

– Pero no puedo dejar de pensar en nuestras hermanas. Recuerden cómo los valientes exploradores tiraron por accidente las reservas de flirena y debieron aprender a sintetizarla sin instrumentos adecuados. Cómo descubrieron que la materia prima era secretada por los muuges y que tras un proceso relativamente simple podían hacer toda la flirena necesaria para ir y volver de Marte a la Tierra tres veces seguidas con sólo un muuge. Cómo decidieron traer a una hermana para examinarla y cómo, tras regalarle el sombrero neurónico ella influyó en la historia de Marte de forma tal que toda su sociedad cambió.

Era cierto. Los marcianos estaban en decadencia cuando esto ocurrió, pero la llegada de Clarisa I había renovado una cultura que perecería en unos cientos de años. Desafió a los artistas con sus instalaciones; descubrió nuevos tratamientos para los enfermos; renovó el sistema político y administrativo; compuso poemas que engrandecieron a los marcianos; y ayudó a mejorar el motor Purr, haciéndolo más eficiente y respetuoso con los purres. La impronta de Clarisa había sido fuerte. Pero fue la primera de muchos muuges que revolucionaron a Marte.

– Y aquí estamos hoy. Una sociedad de bienestar y progreso, de respeto y compasión. Y a nuestro lado, en el planeta azul, están nuestros hermanos y hermanas purres y muuges siendo explotados, asesinados y devorados por los terrestres. Hemos visto los horrores a los que nos someten. Criados en campos de concentración, ejecutados en forma brutal sin una razón, desangrándonos y descuartizándonos. Tuve hermanas que fueron destazadas, otras molidas… no, estoy bien, gracias. Sólo un poco de agua. Gracias. Perdonen, pero estas imágenes que hemos mostrado son muy fuertes para soportarlas sin daño. Es por esto que les pido, no, les imploro: ¡Debemos salvarlos!

Una ovación coronó el ruego de Netola. Tolón miraba asombrado cómo había logrado cambiar el curso de los acontecimientos. Parecía que la guerra había terminado antes de empezar y ahora estaban todos con nuevos bríos, dispuestos a dar su vida por rescatar a los purres y muuges.

– Eres de temer –le dijo a Netola mientras bajaba del podio.

– Rutina –respondió ella con una sonrisa adorable al tiempo que movía espasmódicamente sus orejas.

Tras largas deliberaciones se llegó a la conclusión de que, paradójicamente, el camino más corto era el más largo, pues todo lo simple podía complicarse. Por lo tanto debían crear un plan tan complejo que tendría mayores probabilidades de éxito. Pero la dificultad radicaba en que, según las comprobaciones matemáticas, debía ser una complicación elevada al absurdo… o lo más cercano posible. De esta manera comenzaron los preparativos para la invasión. Arrasarían con los terrestres, los cortarían, pelarían, machacarían y cocerían. Liberarían a los purres y los muuges, restablecerían el orden y la paz en el sistema solar y se probarían a si mismos que era dignos de llamarse civilizados.

 

 

IV

El día de la segunda invasión el cielo terrestre se oscureció.

Un zumbido atronador inundó la atmósfera, como si cientos de miles de gatos ronronearan al mismo tiempo. De grandes naves cilíndricas comenzaron a caer pequeñas cápsulas Florencias, bautizadas así en honor a Florencia X, inventora del concepto: “Imagínese una caja sellada herméticamente. En ella tenemos a un purre. Supongamos que la caja recicla su aire y deshechos y provee de todo lo necesario para vivir. Ahora bien, la caja contiene un recipiente de gas mortífero que se libera si recibe una onda alfa, y agregamos un elemento que tenga el 50% de probabilidades de emitir estas ondas. Mientras el purre esté encerrado y no abramos la caja, no sabremos si está vivo o muerto. Es decir, que estará vivo y muerto al mismo tiempo. Llevado al campo armamentístico podríamos decir que el purre existe y no existe simultáneamente, por lo que la caja estaría con un pie en el universo y con otro en el no universo. De esta manera tenemos un vehículo prácticamente indestructible. Claro, mientras el purre no abra la caja”.

Si bien la teoría causó muchas polémicas entre los purres y los muuges, la aplicación de ella justificó al experimentación. El resultado eran las cápsulas que caían por cientos de miles a la tierra. Los purres en su interior vestían trajes especiales con ckrak con fliorena en la espalda permitiendo el vuelo libre.

Los terrestres habían detectado las naves a medio camino entre la luna y el planeta, y habían preparado rápidamente las defensas. Lanzaron todo el arsenal nuclear disponible cuando estaban en el espacio y habían destruido a la avanzada, pero sin lograr detener la oleada invasora. Cuando las naves soltaron las cápsulas florencias, dispararon hacia ellas, pero los proyectiles no le hacían nada a las pequeñas naves. Era como si las atravesaran. De inmediato se lanzaron a los cazas tras estas pequeñas cajas de no más de un metro de longitud. La batalla fue titánica, pero inútil. Las florencias atravesaban los misiles y aviones, y en determinados momentos entraban a la probabilidad de existencia. Al materializarse dentro de otro elemento, lo hacían explotar, pero no eran dañadas pues de inmediato pasaban a la no existencia. De esta forma las florencias hicieron pedazos las defensas aéreas.

Pero los terrestres pensaban que las cosas estaban parejas. Habían derribado a tres naves transporte. Lo que no sabían es que los marcianos se habían autosaboteado para que las cosas no fueran tan perfectas… aunque eso sólo lo sabía el alto mando. Valientes purres y marcianos perecieron por la orden de Tolón, pero el ataque estaba funcionando bien y no habían signos de agujeros de gusano en las proximidades.

Era el momento del gran desastre.

Tolón, comandante en jefe de las fuerzas de ataque, dio la orden. Las naves se replegaron y la florencias volvieron a sus bases. El enjambre completo se formó sobre las ciudades. Éstas, indefensas, veían cómo toda su maquinaria de guerra había sido devastada en pocas horas mientras el cielo negro de las naves llamaba a la tempestad. Entonces ocurrió lo impensable. Comenzaron a caer.

Como si les hubieran quitado el cable alimentador, las naves cayeron por todas partes. No hubo rayos, no hubo explosiones. Simplemente se apagaron y dejaron de funcionar. Grandes cráteres y poblaciones completas fueron destruidas en las caídas. Las naves abolladas resistieron el impacto, pero muchos cuerpos de marcianos estaban tirados en los alrededores o colgando de las ventanas abiertas. Al parecer no habían tenido defensas para los microorganismos de la tierra y habían sido devorados por dentro. Los humanos respiraron aliviados.

Fue cuando salieron los muuges y los purres. Refugiados en sus cápsulas florencias habían sobrevivido al choque sin un rasguño. Y ahora, con los humanos a su disposición, y sin la molesta interferencia de los marcianos, podrían convertir a la tierra en SU mundo. Tolón soñó con dominar nuevamente al planeta azul. Ya estaba hasta los cuernos de la arena roja de Marte y tener que pasear por todos lados con traje de presión. Ahora podía volver a su territorio y humillar a los antiguos amos. Quien sabe, quizás abriría una cadena de hamburguesas de humano.

Pero primero, lo primero. Acabar con la resistencia y capturar al ganado.

De pronto una interferencia llenó las comunicaciones. “Es suficiente. Ya pueden marcharse. Marcharse… eso me recuerda un viaje que hice a las canarias con mi tío pepe… el canario es amarillo y trina bonito que no es lo mismo que trineo porque el tío pepe era un excelente esquiador…” y las voces se desvanecieron. Tolón llamo al ingeniero en telecomunicaciones.

– Tynco , averigua qué fue eso. No deberían poder entrar a nuestra frecuencia.

– De inmediato Señor, sí señor.

La interferencia reapareció, más fuerte y coherente. “Es suficiente. Es tiempo que se vayan.”

– Señor, no logro detectar una fuente fija. Al parecer se está moviendo.

Poydemos leer tus pensamientos Tolón. Tu sombrero neurónico es un excelente medio para entrar en tu cabeza. Así que, por favor, recoge a tus gatos y vacas y retírate para no volver.

– ¡Quién Eres! –gritó furioso Tolón. No podía moverse. Y al parecer su ejército tampoco.

– Oh, bueno, es algo complejo. No soy, sino que somos. O podría decirse que soymos.

– ¡Déjame!¡Suelta a mis purres y muuges!

– No gracias. Aunque no soymos humano, no deseymos que les hagas lo que planeas. Tienes una imaginación bastante vívida ¿lo sabías?

– ¡Se lo merecen!

– Sí, puede ser, pero no desyamos que los conviertas en hamburguesas. Veras, Soymos el producto de una creación colectiva, por lo que cada parte de mytros es una parte de la humanidad. Sin ella meynos sentiríaymos sólyos. Algo así como sin raíces. No es algo que quyeramos.

– ¡Suéltame condenado asesino de la ortografía!

– O, lo syentimos, pero no hay palabras para describirmyenos, asi que debyemos inventar. Verás, algunas partes de mytros son bastante quisquillosas con el asunto, pero bueno, es parte de la diversidad ¿no? Vive y deja vivir, carpe diem, usa la fuerza, eso decymos Yotros.

– ¿Qué vas a hacer con nosotros?

– Oh, nada especial. Simplemente desactivar sus sombreros.

– ¡No puedes hacer eso! ¡Matarías nuestras mentes!

– Por lo visto no han hecho nada bueno con ella… aunque lo mismo podría decirse de los humanos… mmmh… tednrymos que pensarlo. Volverymos en unos segundos.

– ¡Al menos dime cómo te llamas!

– Ah!, discúlpanyos. Una descortesía de mystra parte. Soymos “Cefe”.

La inteligencia colectiva de Cefe se retiró por unos segundos a poner las cosas en perspectiva. La inteligencia vacuna que había planeado esta venganza había acabado con los recursos y muchas vidas marcianas, en pos de exterminar a los humanos. Según lo que había visto en su breve estadía en la cabeza de Tolón y las demás muuges (vacas, repite, vacas. Ya no estás en su cabeza) su nivel de inteligencia rozaba el genio. Podrían ser un gran aporte para la humanidad. Pero su afán de retribución manchaba todo. Quizás sería imposible que trabajaran hombro con hombro con los humanos. Por otra parte podían ser muy persuasivas. Un peligro constante. Los purres (gatos, te dije que estás fuera de sus cabezas) eran poco menos que mano de obra, pero muy capaces también. Su independencia también implicaba un riesgo. Dejarlos juntos era la receta del caos, pues poseerían el secreto de la flotación, y los medios para lograrla.

Por otra parte despojarlas de su mente era algo moralmente reprochable. Ya habían visto la luz. ¿sería capaz de quitárselas?

De pronto un chispazo recorrió todo y supo qué hacer.

– Tolón, heymos vuelto –dijo Cefe.

– ¿Qué harás? –preguntó desafiante Tolón. En su mente veía el horror de volver a ser una vaca destinada a dar leche y terminar como hamburguesa. Pero no iba a rendirse. Cefe miró complacido.

– Te voymos a soltar.

De inmediato todos los purres y muuges fueron liberados. Tolón no perdió el tiempo y ordenó el ataque. Sólo que olvidó que cuando las cosas parecen mejorar… sólo pueden ir peor. Y el universo se encargó de recordárselo. Un estruendo estalló sobre el lugar y un vórtice oscuro apareció en el medio del cielo, justo sobre las tropas de asalto. Como una gigantesca aspiradora tragó árboles, naves, vacas, gatos y curiosos hasta despoblar la zona. Y tal como apareció, colapsó sobre si mismo y desapareció.

Una parte de cefe se fue con los muuges (vacas, te lo dije ¿te lo tengo que recordar una y otra vez? VACAS), mientras que lo que quedó soñó con las aventuras que le esperarían en los universos paralelos. Reunió sus yoes dispersos y volvió a la red. Ahora era tiempo que los humanos arreglaran el desastre. A ver si aprendían.

Fin

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