Mi árbol “19 de octubre”

Mi árbol “19 de octubre”

Dejé la puerta abierta mientras la televisión aullaba alarmada las noticias repetitivas sobre estaciones de metro quemadas, saqueos masivos, incendios y ausencia total de policías.

Estaba oscureciendo y escuchaba las sirenas no tan lejanas. Calculo que muchas venían desde la avenida Macul, y otras tantas desde Rodrigo de Araya, límite imaginario con las hordas.

Tampoco faltaban los estruendos de los balazos.

Y mientras sentía que el aire estaba cada vez mas denso, que la sensación de fatalidad e incertidumbre me invadían, y que no era mas que un corchito flotando en medio de una tormenta salvaje, inútil y desamaparado, miré al arbolito.

Hace unos meses, la municipalidad hizo una campaña de forestación. No la ví, y tampoco me enteré que estaban en eso, hasta que de pronto apareció un arbolito famélico frente a mi casa. Era poco mas que una ramita, amarrada a un palo para proporcionarle dirección, y con sólo un par de hojas verdes y pequeñas.

Como hay otros árboles cerca, no me llamó especialmente la atención. En mi zona se cuidan las áreas verdes, asi que asumí que también cuidarían a este.

Pasaron los meses y nunca lo vi crecer o desarrollarse. Estaba como estancado. Lo atribuí al stress del transplante, y me imaginé que con un poco de tiempo mejoraría. Y me olvidé.

Hasta que llegó el 19 de octubre de 2019.

Había salido porque me sentía encerrado. Pero afuera la cosa no se sentía mejor. Los balazos, la tensión en el ambiente, las sirenas, la declaración de estado de emergencia y el toque de queda inminente, todo me hacía sentir indefenso e inútil.

Y, como dije al principio, miré el arbolito.

Seguía siendo una ramita, pero ahora se estaba secando.

Sus hojitas eran de un café oscuro. Varias ramas se quebraban de solo mirarlas. En lugar de desarrollarse y crecer, estaba muriendo.

Sin pensarlo, partí a buscar la manguera y me puse a regarlo.

Lo inundé.

Mientras le echaba agua, fui tocando cada rama, cada hoja. Si sentía que con el toque se soltaban, las sacaba. Si sentía que aún aguantaban el suave tirón, las dejaba. Pelé y saqué ramas secas, y continué regando.

Y una extraña calma me llenó.

Sigo con ese ritual hasta el día de hoy. Todas las noches salgo, sin poder ver detalles porque no hay mucha luz en esa zona, y riego hasta que lo inundo. En las mañanas lo miro (y admiro), con maravilla al ver cómo sus hojas no solo han crecido, sino que se han multiplicado.

Lo bauticé mi árbol “19 de octubre”.

Y me llena de esperanza.

 

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